Lo mejor de cada cual, lo mejor de todos
El Dixieland, una modalidad de hacer jazz, puede ser divertido, nostálgico
o alegre, expansivo o, incluso, introspectivo o tristón. Lo que
sí es indiscutiblemente, es arte democrático. Esta tendencia
a compartir creación se hereda de la polifonía de Nueva
Orleans, donde los talentos colectivos se aunaban para conseguir un
resultado que después pudimos definir como belleza absoluta:
me remito a Potato Head Blues de Louis Armstrong con los Hot Seven.
Desde entonces el jazz cambió y se transformó hasta llegar
al jazz moderno actual, genérico, heredero de otros estilos que
han pasado colocando música al siglo xx.
En los años treinta, no pocos músicos de jazz, sobre
todo en las áreas de Chicago y Nueva York, se negaron a aceptar
el espectáculo masivo de la Era del Swing. Fueron, si se quiere,
puristas sin proponérselo. De este modo, con Eddie Condon a la
cabeza, inauguraron el dixieland moderno. A finales de los años
cuarenta y sobre todo en los cincuenta, estos músicos incorporaron
en sus grupos secciones rítmicas modernas: el desplazamiento
del bombo de la batería en beneficio del gran plato, la transformación
del piano en un instrumento con menor compromiso rítmico y mayores
trabajos de sugerencia armónica, la desaparición de la
tuba y el saxo bajo (salvo para casos de pintoresquismo voluntario)
en beneficio de un contrabajo derivado de los grandes de la era del
Swing: Walter Page y Jimmy Blanton. Estas transformaciones hicieron
que los solistas expandieran su talento, a lo que también ayudó
la creación del disco de larga duración (LP), donde las
limitaciones de tiempo desaparecían dando lugar al desarrollo
de solos más largos. Muchos héroes del pasado grabaron
entonces sus mejores discos, pasando por encima de la preponderancia
(lógica y temporal) del jazz moderno: Eddie Condon para el sello
Columbia, Bobby Hackett para Capitol, Jack Teagarden para Capitol y
Epic, y los supervivientes de la orquesta de Bob Crosby para varios
sellos. Algunos, cuyo mensaje era intemporal, continuaron siendo fieles
a sus orígenes pero no tuvieron inconveniente en insertarse en
contextos contemporáneos (Pee Wee Russell con Thelonious Monk
y Jimmy Giuffre; Bobby Hackett con Dizzy Gillespie). En todos ellos
está el origen del jazz tradicional con lenguaje moderno, una
música que tuvo y tiene seguidores incondicionales entre los
aficionados al jazz.
Este CD va más allá. Sobre todo porque parte de una
idea y no es una consecuencia. La idea consiste en la elaboración
de un repertorio tradicional inédito (por lo tanto, engañosamente
tradicional), la exposición de los temas según las formas
canónicas del estilo y el cambio, a la hora de la expresión
individual en los solos, al lenguaje propio de cada uno de los músicos.
Todos, en este caso, son músicos modernos.
Por supuesto que existen precedentes, pero la sensación que produce
esta música –quizá porque está grabada en
2003 y por la originalidad de las composiciones de Berenguer–,
es la de una jovial novedad. Y llama al oyente a no descuidar la atención
y no permanecer en la anécdota de los temas porque los solos
ponen los puntos sobre las íes de dónde estamos en el
tiempo y la historia. La formación instrumental bien podría
ser como una de las de Crosby: front line de trompeta, trombón
y clarinete más saxo tenor; la rítmica es la común
en el jazz moderno. Aunque en la exposición de los temas todos
se establecen detrás de la idea y se simplifican, en los solos
es donde se expresan. Y aquí surgen atractivos y saberes diferentes.
El gran sonido de tenor de Kiko Berenguer, la pureza clásica
que Eladio Reinón elige para su clarinete, el juego graciosamente
bopper de Toni Belenguer, la gracia y el tempo de Terell Stafford. Cuando
“por detrás” hay músicos como Sanz, Rossy
y Miralta, el funcionamiento de la máquina está garantizado.
El pianista se confirma como un solista de primer orden, Rossy es uno
de los principales especialistas en su instrumento y Miralta propulsa
energía y sutilezas con gran elegancia.
Una escucha de Papi toca el saxo nos coloca en una época de libertad,
quizá ilusoria, pero esperanzada. Un momento en que lo mejor
de cada cual se funde para lograr lo mejor de todos.
Carlos Sampayo